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Ayer y hoy
La serena templanza del tiempo;
luz de luna, en la noche.
Sobre las horas que mueren, recuerdo,
pálido, de la propia muerte humana; brazos
de la tierra verde, y flores finales.
Placer del agua palpan los labios maduros.
No a las lujurias ardientes de antaño;
lo voluptuoso se ha doblegado, y hay un cuerpo,
en su exacta y precisa medida.
Ya duele el agrio pasado,
cruel, intangible, invisible cuchillo
en la sabia paz del reposo merecido.
Pero vayan el amor y el disfrute
al horizonte indescriptible, y silenciosamente semántico;
ocupando éste a la belleza;
mirando en él los ojos de expertas lágrimas.
A los misterios insensatos de una mirada
que ha viajado
en la esperanza y en el miedo,
en el odio, en el amor:
en los ojos que miran a los ojos.
Inviernos; indolentes, asépticos.
Y con ellos odiar a los veranos jóvenes,
en las tardes subyugadas por la soledad.
Amar, ahora y mordiéndose los labios,
a los tiempos cuyo tiempo ha pasado,
y que son perpetuos en su trono desdeñoso,
y bellos y flexibles, igual a las molduras
preciosas de la nostalgia. Pues amarás, sí,
al tiempo que va brotando en el silencio,
en aquellos fragmentos de cuerpo y de alma:
de una voz extremadamente oculta, sutil,
verdadera…
Amor, pues, a la vida de este día instantáneo,
rígido, desnudo, y que vive,
y que acaricia-que acepta en fin-la sangre tibia
de la simple y humana muerte…
Ya que es éste, pienso, un humilde cuerpo del hoy,
que fue resignado
por los dolidos y ricos barros del ayer…
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